viernes, 9 de enero de 2015

Las campanas del templo

LAS CAMPANAS DEL TEMPLO


El templo había estado sobre la isla, dos millas mar adentro.
Tenía un millar de campanas.
Grandes y pequeñas campanas labradas por los mejores artesanos del mundo.
Cuando soplaba el viento o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo replicaban al unísono, produciendo una sinfonía que arrebataba a cuantos escuchaban.

Pero al cabo de los siglos, la isla se había hundido en el mar y, con ella, el templo y sus campanas.
Una antigua tradición afirmaba que las campanas seguían replicando sin cesar y que cualquiera que escuchara atentamente podría oírlas.
Movido por esta tradición un joven recorrió miles de millas,  decidido a escuchar aquellas campanas.
Estuvo sentado durante días en la orilla, frente al lugar en que en otro tiempo se había hundido  el templo, y escuchó, y escuchó con toda atención. Pero lo único que oía era el ruido de las olas al romper contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles por alejar de si el ruido de las olas, a objeto de oír las campanas. Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecía inundar el universo.

Persistió en su empeño durante semanas. Cuando le invadió el desaliento, tuvo ocasión de escuchar a los sabios de la aldea, que hablaban con unción de la leyenda de las campanas del templo y de quienes las habían oído y certificaban lo fundado de la leyenda. Su corazón ardía en llamas al escuchar aquellas palabras… para retomar el desaliento cuando, tras nuevas semanas de esfuerzo no obtuvo ningún resultado. Por fin decidió desistir de su intento. Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos seres afortunados a quienes les era dado oír las campanas. O tal vez no fuera cierta la leyenda.
Regresaría a su casa y reconocería su fracaso. Era su último día en el lugar y decidió acudir a una última vez a su observatorio, para decir adiós al mar, al cielo, al viento y a los cocoteros. Se tendió en la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar.
Aquel día no opuso resistencia a dicho sonido, sino que, por el contrario, se entregó a él y descubrió que el bramido de las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó tan absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sí mismo. Tan profundo era el silencio que producía en su corazón…
¡Y en medio de aquel silencio le oyó! El tañido de una campanilla, seguido por el de otra, y otras y otras…y enseguida todas y cada una gloriosa armonía, y su corazón se vio transportado de asombro y alegría.
Si deseas escuchar las campanas del templo, escucha el sonido del mar.
Si deseas ver a Dios, mira atentamente la creación. No la rechaces; no reflexiones sobre ella, simplemente, mírala.

ANTHONY DE MELLO   s.j.  “EL CANTO DEL PÁJARO”



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