lunes, 25 de abril de 2016

EL HOMBRE EN FRACASO

“Si afirmamos no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos y además, nos llevamos dentro la verdad.
“Si reconocemos nuestro pecado, Dios que es fiel y justo, nos perdona y nos limpia de toda injusticia”
                                       (1 Juan 1, 8-9)


Seres humanos sedientos, con ansias profundas de ser distintos, de encontrarle un sentido pleno a la vida; seres humanos insatisfechos, intentando una y otra vez una vida más radical… eso somos, eso soy yo, un ser humano con sed.

Pues bien, desde esa sed profunda de quien sincera y honestamente quiere vivir en plenitud, desde la insatisfacción honda de quien quiere ser más, desde esa perspectiva se entiende el fracaso del hombre.
Sí, porque yo puedo fracasar, porque yo puedo fallar.

Yo fracaso cuando dejo de tener sed o cuando la oculto. Cuando me hundo en la comodidad y en la inconciencia; cuando no me dejo interpelar por la mirada del pobre; cuando no me cuestiono mi manera de vivir, cuando me acostumbro a todo, al problema familiar, a la utilización del otro, a la relación superficial, a la sociedad, al aburrimiento, al complejo, al rechazo; cuando eso hago, niego mi sed, me resigno a ser mediocre. Así satisfecho, renuncio a mi sed y fracaso como ser humano.

Pero también fracaso cuando calmo mi sed profunda de ser más con vaciedades. Cuando oculto mi insatisfacción llenándome de cosas, de gustitos, de caprichos, de personas a quienes uso o de quienes me dejo usar, cuando escondo mis más profundos anhelos debajo de la basura que me da el ambiente y que aunque es basura me gusta… cuando esto sucede, calmo equivocadamente mi sed y empieza mi fracaso.

Digo NO a la vida, NO a ser distinto, NO a ser auténtico.

Y esto es el PECADO.


Pecado es una palabra manoseada, mil veces dicha y que ya poco o nada significa. Incluso, hasta me suena mal.

El problema es que durante mucho tiempo se nos ha hecho pensar que el Pecado es faltar contra una ley establecida, no cumplir unas normas.

Pero no, el Pecado no es dejar de cumplir normas.

Pecado no es un problema de normas, es un problema de amor, es un problema de vida humana auténtica.




Pecar es renunciar a tener sed.
Pecar es sentirme satisfecho en mi mediocridad.
Pecar es dejar de luchar, es no buscar ser más, es no querer entregarme más, es negarme a amar más.
Pecar es renunciar a vivir auténticamente.

Pecar es buscar calmar mi sed con las cuatro bagatelas que me da el ambiente consumista; es negarme a buscar el sentido de mi existir.

Pecar es preferir seguir siendo egoísta, seguir mirando al otro sexo como el instrumento que me calma los instintos, seguir mirando a la otra persona como alguien que se sirve y de quien me aprovecho.
Pecar es dejarme utilizar.
Pecar e s renunciar a SER MÁS.

Hay en el corazón de todo ser humano un grito, un anhelo, un llamado.
Es un llamado al amor, a escuchar el clamor de los que sufren tanto o más que yo.

Cuando digo NO a ese llamado, cuando decido hacer mi vida por caminos diferentes, por los caminos cómodos del ambiente y de mediocridad, cuando decido “ser como todo el mundo”, aprovecharme de los otros “como todo el mundo”, ignorar a los que sufren “como todo el mundo”, cuando eso hago, fracaso, fallo, peco.

Pecar es decir NO a un proyecto de vida y amor.
Por eso hoy tengo que reconocer que he pecado muchas veces. No por faltar a unas normas, ni a los mandamientos, sino porque muchas veces he construido mi vida sin reflexionarla, negándome a asumir una vida profunda.
Pecar es construir la vida de una forma falsa.

Llamado al amor, prefiero el rencor o el decir “yo con tal persona no me trato nunca más”.

Llamado al encuentro íntimo en el amor de pareja, prefiero dominar a la otra persona, hacerla depender de mí, de mis gustos, de mis caprichos, de mis celos, de mis necesidades de afecto.

Llamado a asumir la problemática familiar, prefiero huir, echarle la culpa a todos, menos a mí mismo.

Llamado al compromiso con los pobres, prefiero ignorarlos, sentir que no son mi pueblo y desentenderme de la búsqueda de un mundo más justo.

Llamado a la libertad, me dejo fácilmente manipular por la moda, por la publicidad, por lo que los demás dicen de mí.

Cuando soy llamado al amor, a la plenitud, a la vida y opto por tomar el camino contrario, entonces decido pecar, decido fracasar, decido ser una pobre caricatura humana.

Con todo, no estoy abandonado, cada vez que caiga, en vez de seguir en el fango, en vez de lamentarme, puedo ponerme en pie, ir a gritarle a Dios mi dolor y pedir el perdón de todos a los que he hecho daño.

Ese perdón será ante todo, la fuerza para vivir una vida nueva; porque cuando Dios perdona, me vuelve a llamar, me vuelve a invitar al amor.




 












 



























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