EL HOMBRE EN FRACASO
“Si afirmamos no tener pecado, nosotros mismos nos extraviamos y además,
nos llevamos dentro la verdad.
“Si reconocemos nuestro pecado, Dios que es fiel y justo, nos perdona y
nos limpia de toda injusticia”
(1 Juan 1, 8-9)
Seres humanos sedientos, con ansias
profundas de ser distintos, de encontrarle un sentido pleno a la vida; seres
humanos insatisfechos, intentando una y otra vez una vida más radical… eso
somos, eso soy yo, un ser humano con sed.
Pues bien, desde esa sed profunda de
quien sincera y honestamente quiere vivir en plenitud, desde la insatisfacción
honda de quien quiere ser más, desde esa perspectiva se entiende el fracaso del
hombre.
Sí, porque yo puedo fracasar, porque
yo puedo fallar.
Yo fracaso cuando dejo de tener sed
o cuando la oculto. Cuando me hundo en la comodidad y en la inconciencia;
cuando no me dejo interpelar por la mirada del pobre; cuando no me cuestiono mi
manera de vivir, cuando me acostumbro a todo, al problema familiar, a la
utilización del otro, a la relación superficial, a la sociedad, al
aburrimiento, al complejo, al rechazo; cuando eso hago, niego mi sed, me
resigno a ser mediocre. Así satisfecho, renuncio a mi sed y fracaso como ser
humano.
Pero también fracaso cuando calmo mi
sed profunda de ser más con vaciedades. Cuando oculto mi insatisfacción
llenándome de cosas, de gustitos, de caprichos, de personas a quienes uso o de
quienes me dejo usar, cuando escondo mis más profundos anhelos debajo de la
basura que me da el ambiente y que aunque es basura me gusta… cuando esto
sucede, calmo equivocadamente mi sed y empieza mi fracaso.
Digo NO a la vida, NO a ser
distinto, NO a ser auténtico.
Y esto es el PECADO.
Pecado es una palabra manoseada, mil
veces dicha y que ya poco o nada significa. Incluso, hasta me suena mal.
El problema es que durante mucho
tiempo se nos ha hecho pensar que el Pecado es faltar contra una ley
establecida, no cumplir unas normas.
Pero no, el Pecado no es dejar de
cumplir normas.
Pecado no es un problema de normas,
es un problema de amor, es un problema de vida humana auténtica.
Pecar es renunciar a tener sed.
Pecar es sentirme satisfecho en mi
mediocridad.
Pecar es dejar de luchar, es no
buscar ser más, es no querer entregarme más, es negarme a amar más.
Pecar es renunciar a vivir
auténticamente.
Pecar es buscar calmar mi sed con
las cuatro bagatelas que me da el ambiente consumista; es negarme a buscar el
sentido de mi existir.
Pecar es preferir seguir siendo
egoísta, seguir mirando al otro sexo como el instrumento que me calma los
instintos, seguir mirando a la otra persona como alguien que se sirve y de
quien me aprovecho.
Pecar es dejarme utilizar.
Pecar e s renunciar a SER MÁS.
Hay en el corazón de todo ser humano
un grito, un anhelo, un llamado.
Es un llamado al amor, a escuchar el
clamor de los que sufren tanto o más que yo.
Cuando digo NO a ese llamado, cuando
decido hacer mi vida por caminos diferentes, por los caminos cómodos del
ambiente y de mediocridad, cuando decido “ser como todo el mundo”, aprovecharme
de los otros “como todo el mundo”, ignorar a los que sufren “como todo el
mundo”, cuando eso hago, fracaso, fallo, peco.
Pecar es decir NO a un proyecto de
vida y amor.
Por eso hoy tengo que reconocer que
he pecado muchas veces. No por faltar a unas normas, ni a los mandamientos,
sino porque muchas veces he construido mi vida sin reflexionarla, negándome a
asumir una vida profunda.
Pecar es construir la vida de una
forma falsa.
Llamado al amor, prefiero el rencor
o el decir “yo con tal persona no me trato nunca más”.
Llamado al encuentro íntimo en el
amor de pareja, prefiero dominar a la otra persona, hacerla depender de mí, de
mis gustos, de mis caprichos, de mis celos, de mis necesidades de afecto.
Llamado a asumir la problemática
familiar, prefiero huir, echarle la culpa a todos, menos a mí mismo.
Llamado al compromiso con los
pobres, prefiero ignorarlos, sentir que no son mi pueblo y desentenderme de la
búsqueda de un mundo más justo.
Llamado a la libertad, me dejo
fácilmente manipular por la moda, por la publicidad, por lo que los demás dicen
de mí.
Cuando soy llamado al amor, a la
plenitud, a la vida y opto por tomar el camino contrario, entonces decido
pecar, decido fracasar, decido ser una pobre caricatura humana.
Con todo, no estoy abandonado, cada
vez que caiga, en vez de seguir en el fango, en vez de lamentarme, puedo
ponerme en pie, ir a gritarle a Dios mi dolor y pedir el perdón de todos a los
que he hecho daño.
Ese perdón será ante todo, la fuerza
para vivir una vida nueva; porque cuando Dios perdona, me vuelve a llamar, me
vuelve a invitar al amor.


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